-------------- ------------- --------------- ----- ------------ ------------ Dunia Galindo.

jueves, 2 de septiembre de 2010

ACORAZADO CORAZÓN


                                       

Los carros de tu voz tiran de mis cabellos

Infantes meninges en cada uno de mis poros.


Me dueles

Casi entre las encías


Las playas de otros mares
Arrastran mis sueños


Y el mínimo espacio de mis manos se amolda al sexo arisco de tus miedos

Bajando hacia mis pies.



RESTO DE CAZA




Alguien llama al lugar donde antes hubo una puerta

Arregla tres o cuatro palabras en su bolsa
                                                                  Mira el sol

No es la madre muerta ni la hija

En lo que cree es el corazón  
Reza la oración de las aguas

Succiona la lengua de la tierra
                                                  
Las canciones de las mujeres
En el fuego de las piras

En las cuentas a través de sus dedos, rememora

                                              Ella está en el lugar.

Todo es oscuro, casi blanco.




DE AGUA




Vuelvo a los sonidos que traman las olas en la caleta

Descubro en los pliegues de este hacer inoficioso
La herida postergada

Estación de la lumbre
                                    La casa que escriben las ondinas
                                    En los orificios de la infancia

Soy la niña sumergida

Corriendo en campos abandonados
Empuñando el silencio de los estuarios
Entre los cabos de las nasas vacías

Apenas si alcanzo rozar uno de sus cabellos

Y mi mano semeja la quilla de un barco que se repite
En estos bajos alterados por la mareas

Miro desde la huella en la playa
Y con ojos de agua
Imploro al viento me traiga de vuelta
En la canción de las amantes.




CARTULINA




Esta no es mi nariz

No son mis ojos
No es más el olor de las tardes en mi cuerpo
                                                                       
La  curva que hacía de mis palabras casa

No es más el nicho de mis oraciones

El ducto por el que atraviesa la voz humana

La caña de pescar
Y los días de infancia en las playas del río

El anís de los abuelos, los libros, el mar, las canciones y la ecuación simple de la guitarra mujer
                                                                                                             
No es esta la tarde de mis días

La memoria de la llama
Ni la mano que escribe

Tocando mis carnes que a nadie alimentan
Reconstruyo el engaño

Mi nariz, mis ojos, mi casa y mi cuerpo.

Nada encaja en las celosías del tiempo

En la húmeda aurora del brivido silencio que deja la noche amenazada.



OTRA VEZ DE TIERRA




De las palabras que recuerdo
Todas corroboran la trampa

La desprevenida voluntad
De una incandescencia amorosa
Que vuelve con el whisky
Agazapada en los días del corazón

El lazo que me nombra
Y el nudo que desmiente mi identidad
Es el huésped de las miradas que pertenecen al tiempo

Y sólo de él esta casa bifronte sin jardines
 
A tres metros del piso
                                         
 La sombra de una mujer se levanta desnuda

Porque cree en el amor

Y el amor poco dice en el trazo del vestido que la viste o en el zapato que se le ha caído

Ella apenas presiente el sonido de la cópula de las ranas

Y aunque su huella es la calma del vosotros
Anterior a su voz
Entre las charcas secas busca la plegaria

Otra vez la tierra

El cuchillo que atraviesa
                                                El tiempo que caduca


Como si estos espacios apaciguaran su garganta rota

Apostilla de la historia

La continuidad de un temblor que no cesa.




ABRIL EN CARACAS.


El Ávila es un sonido
                                    Lejano, triste, combativo.

A veces un cerro o una maravilla según la ciudad y el modo de la gente
                                   
                                  La carne de un animal resto de caza.

Una deconstrucción paralela

De las tres, cien o mil veces en mis miradas                                                                       

Polisemia de maestros y borrachos

Reescritura del impulso abierto 

La luz que te dibuja
En las manos de la bienvenida

Apenas la tierra que te recibe
En los días de abril

El espectro de un extraño verano
En el oleaje de mis memorias
Que se extiende 
Traduciendo la fábula de Cabret

Como si tú volvieras por los caminos de los viajeros

Acompasando el sonido de los baúles
                                                                En las espaldas de los negros
Zigzagueando en el aire
                                                                Las hojas
Los frutos

Recuas cansadas de paso lento y largo, acostumbradas a las maravillas del color
                                  Narcotizadas por el olor del fango
Y la terrible luz del falso otoño que termina pronunciado en mis labios

Inmensa luna

De un tiempo sin cuerpo ni intimidad
Que ahora te nombra abrazada en las serenatas del trópico

                                                     Quincy Jones y Aldemaro Romero
En exodus  De repente.




DE TODAS LAS SALIDAS POSIBLES



Lo más terrible es pretender borrarlas

Que abandonen el espacio de la memoria
Y se diluyan como las cosas,
esas cosas que se nombran y les damos la vuelta
sin importar cuántos sean los grados

Sea la cama de la amante o del amor

Dejar a un lado la sábana poniendo un pie sobre el piso
Las manos sobre el cabello
Las lentes en los ojos

El amago simple, preciso, de un gesto que acaba siempre entre las rodillas

Son enjambres de abejas punzando la piel

Estancos abandonados que se precipitan con el deseo

Arremolinadas en el bochorno del tiempo invertido de las lluvias del verano
Apenas la duda que amarra los tres lados de mi existencia 

Pausa de la que se nutren mis denegaciones y todos los atajos para no estar conmigo

El habla que implora el silencio

La terquedad del polen en los abismos de la vida

La sombra de la vida más Vida que insistimos en descodificar.


Lo más terrible es saber

En las maneras de las olas, el mar.




DÉJAME APENAS LA MAÑANA




Entre los que no pudimos rebasar los límites del árbol caído
El río será el sonido remoto de historias que terminar en el mar

Para nosotros -que mirábamos con recelo las bolsas donde nacen y crecen las castañas
El olor de la lluvia próxima a caer apura los cataclismos del deseo

Los dolores que el miedo hizo institución

Y hay algo en el aire que hemos respirado

Una extraña porosidad de carne humedecida
Rasgando la piel que no murió entonces

Como el raro amor de una mano sobre el rostro 

Aquellas vidas pequeñas que solían esperar con ojos bien cerrados
Promueven el pie de las promesas en la desembocadura de las heridas

El quejido anterior depositado en los restos de la historia
La prolongación denegada en los trámites del encuentro.




FERMATA




De vez en cuando, no digo siempre; pero sí por una o mil veces,
Como si culebras en el desierto,                                                 
                               -por decir lo menos extraño.

Es preciso dejarse morir con el ojo abierto de la vida.

Pero, morir...

Definitivamente.
            
                          Abandonarme con esa última mortaja que me viste.

Y si volvemos...

Si regreso del límite cubierta de gracia

Entonces, no habrá pasado nada.

Canta al dios de tus padres

Únete a la celebración de las viejas alabanzas de los abuelos,

Rememora el signo de las ramas sobre el cuerpo

Porque el río te lleva nuevamente en la corriente.




BALADA DE LA ESTIRPE




Lo que discuto es lo que siempre aterró a mis padres.
La hibridación de la forma, el límite salvable por el que fui desterrada de los
                                 mediodías en familia…
En la mesa tarde de los almuerzos diarios
Recuerdo que quería leer-me a papá, como si uno de los tantos libros
que me dejaba para contar-le                                  

Pero me confinaron a esta habitación
Y en ella representé una y tantas veces la tragicomedia del espejo
Algo torcido en la espina de la lengua
Rimando con Alicia, los conejos y los restos de caza apresados en jaulas gigantes.

De los últimos precisamente hablo, porque era el objeto de mí hacer.
Pequeña demiurgo incapaz de vivir –que no apreciar- la belleza de lo motivado.

Era yo;
Sí, era yo, allí de monja, con los bigotes de mi padre, la pipa de mi abuelo, 
de puta o de cualquier cosa in/animada que se ponga a hábito.

Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, diez:
Vestida de cristo, copiando los amores de George Sand.

Era yo; “la niña que no mide sus palabras”

Era yo, calzando los zapatos tejidos de la tía Trudy.

En las calles apretando la mano de mi madre.

Era yo;
Todavía recuerdo ciertas distancias, desvíos, confusiones, malentendidos…

Imposible reproducir esa última voz que cambiaría por perro y de allí mi temor a todo lo humano: “mejor amigo del hombre”.

Era yo, quien hablaba con el índice en la boca…

Pero no era yo; me negaba al tajo y al gajo del limón o la naranja.

Yo, no era yo, como era lo que eran mis amigas que eran niñas buenas.

Yo no era yo/parecida/semejante

Yo era otra cosa…

…y, mira tú que mi madre sabía antes, mucho antes, lo que era.

¿Asunto de forma, de elección y selección?

Galápagos y pajaritos extraordinarios pueblan las islas…



A TU VOZ



Digo tres, cuatro o cientos de adjetivos mudos
Minúsculos artefactos
Fracciones filosas del Texto-Mundi.

Nosotras
-y nuestro es un atrevimiento morboso-

Un tiempo en la falda dentro de tu piel
Cualquier cosa menos
En el trayecto de mi boca y el vaso que me sirve
La borrachera de la tarde.



TODAS LAS TARDES DEL DÍA




La sombra del lápiz sobre la hoja blanca          
Busca una palabra.

Para volver al idioma que nos ha perdido

Recurro al dibujo fallido
Por el que atravesaron nuestras lenguas

A mano alzada

La frase de mis ojos
La fragilidad de un puente colgante

Persisto en antiguos milagros

Mis manos juntas sobre el fuego
Traducen la cábala de un tiempo sin nombre

La insensatez de nuestra raza

Y el espanto de este juego en ausencia de grises.